Domingo de la Misericordia

La cultura de la muerte expresada en el terrorismo, las guerras, el aborto, la eutanasia, la disolución de la familia y su redefinición perversa, nos invitan a pedir la misericordia divina.

San Juan Pablo II, siguiendo la sugerencia de su connacional santa Faustina Kowalska, dedicó el segundo domingo de Pascua a la divina Misericordia. Tuvo la elegancia además de irse al Cielo la víspera de esta fiesta. El mensaje que tal celebración transmite a la Iglesia y al mundo es profundamente esperanzador. En efecto, como el mismo Papa consideraba, la Misericordia divina pone también un límite a la capacidad de mal y destrucción que anida en el corazón humano. Si bien Dios respeta las reglas del juego, es decir, no violenta nuestra libertad, su sabiduría omnisciente sabe conducir las cosas de forma que libremente seamos nosotros quienes cerremos la llave de la maldad y la destrucción.

San Juan Pablo II lo consideraba refiriéndose específicamente a los dos azotes del siglo XX: el nazismo y el comunismo, pero vale en realidad para cualquier situación desesperada o difícil que experimente la humanidad. El devastador panorama actual nos empuja a pedir con mayor ahínco su misericordia, de forma aún más intensa el domingo que la Iglesia dedica a meditar en tan profundo y consolador misterio. En efecto, el fantasma de la guerra que se extiende por el mundo y amenaza con tomar dimensiones nucleares nos invita a mirar al Cielo, para que “meta mano” y arregle las cosas. El genocidio en Siria, Irak, Nigeria, Egipto, el terrorismo prácticamente extendido por todo el mundo, la amenaza real de una guerra en Corea, todo este espeluznante panorama nos invita a implorar su misericordia, para que ponga límite a nuestro poder autodestructivo.

Dios ama al hombre y, si no puede padecer, puede compadecerse de él. Sus entrañas son de misericordia, es decir, un corazón que siente la miseria humana y la remedia sin eliminar nuestra libertad. A veces nos gustaría que Dios rompiera las reglas del juego e interviniese directamente; pero no es así, el obrar divino es más discreto y elegante, opera de forma natural, sirviéndose ordinariamente de instrumentos. En cualquier caso, la fe nos confirma en que Él no se ausenta de la historia, por el contrario, interviene en ella sacando habitualmente bien del mal que nosotros causamos. Ahora bien, eso nos empuja a ser más agudamente conscientes de la necesidad absoluta que tenemos de su misericordia, para nuestra vida en particular y para el mundo en general.

El palpar nuestra propia limitación y precariedad, nuestros errores y faltas, nos invita a acogernos a su misericordia. Solo el vano orgullo o la ceguera propia de una necia suficiencia impiden darse cuenta de cuan profundamente la necesitamos. Sin embargo, esta necesidad no se lee exclusivamente en clave personal. Al contrario, si la necesitamos cada uno individualmente, más urgente se torna esa carencia en el conjunto de la humanidad. En efecto, las estructuras de pecado, el pecado personal que cristaliza en formas sociales pervertidas, produce un efecto multiplicador y exponencial del mal, frente al que frecuentemente nos encontramos impotentes. La espiral del mal se desata y nos encontramos frente a auténticos “nudos gordianos” que parecen carecer de solución. Nosotros no podemos disolver el nudo y solo Dios puede cortar por lo sano. Ante esta impotencia, caemos en la cuenta de que solos no podemos; ello no nos dispensa de poner nuestro “granito de arena” y difundir el bien según nuestras posibilidades reales, con la conciencia de la evidente insuficiencia de esos esfuerzos y la necesidad de implorar de la misericordia divina el fin da la difusión impune del mal.

El terrorismo, las guerras de Medio Oriente, la difusión de la cultura de la muerte que lleva aparejado el desprecio de la vida cuajado en la normalización del aborto y la eutanasia, la disolución de la familia real y su consecuente redefinición perversa, la erotización de la infancia, por poner sólo algunos ejemplos de la prepotencia del mal, nos invitan a mirar con más urgencia y a pedir más insistentemente la misericordia divina. Nosotros solos no podemos arreglar el mundo, pero la fe nos dice que Él sí puede y quiere contar con nuestra pequeña pero significativa colaboración, lo que supone también un signo de su misericordia para con nosotros.

Doctor en Filosofía

 

@voxfides

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