Celebrar la muerte

La luz que aporta la religión a la costumbre prehispánica puede resumirse en la certeza de la otra vida.

La realidad más enigmática y misteriosa de la vida humana es, paradójicamente, la muerte. Se convierte en el límite insuperable frente al que chocan, cual oleaje furioso contra la playa, todos los intentos de la razón por encontrarle un sentido, un significado. La luz de la fe se proyecta entonces sobre ese límite natural de la reflexión filosófica, arrojando luz, sentido y esperanza, a lo que de otra forma sería totalmente arcano, oscuro y misterioso. Tal es la fuerza de la  luz que proyecta la fe sobre este misterio, que da lugar a formas culturales donde más que temerse, se celebra, llegando incluso a bromear satíricamente sobre ella.

Es el caso, por citar un ejemplo, de la cultura mexicana. En efecto, en dicho país, la inculturación de la fe se encontró con un pueblo que vivía intensa y ritualmente la realidad de la muerte. Había ritos y costumbres que servían como un puente entre esas dos orillas de la realidad. La fe sencillamente aportó la dimensión sobrenatural a la gran connaturalidad que los autóctonos tenían con el más allá.

Para un no iniciado podría resultar desconcertante el contenido de algunas tradiciones: “pan de muerto” (que tiene formas de hueso espolvoreadas con azúcar), calaveritas (cráneos) de azúcar con el nombre de la persona a quien, como un detalle, se regala dicho dulce, “calaveras” o poemas dedicados a distintos personajes públicos donde “la Parca” los reclama, señalando sus cualidades y defectos, el “altar de muertos”, donde se colocan las fotos de los difuntos familiares, se colocan los alimentos que les gustaban y de decoran en forma exuberante, “la catrina” inmortalizada por Frida Kahlo y un largo etcétera. Se le quitan los tintes trágicos y dramáticos, supliéndose por los satíricos, incluso cómicos, como una falta de respeto. Pero esta aparente falta de respeto descansa en una certeza proporcionada por la fe.

En efecto, la luz que aporta la religión a la costumbre prehispánica puede resumirse en la certeza de la otra vida. Como dice una oración de la Eucaristía: “la vida se transforma, no se acaba”. Esa seguridad proyectada en la cultura explica el desparpajo y la naturalidad que despoja de todo su hierro a esta realidad insoslayable. Y precisamente el quitarle el hierro a la muerte, el ser capaces de mirarla cara a cara, gracias a la luz de la fe, nos permite vivir sin miedo en la vida, nos otorga una nueva libertad, la libertad respecto de lo oculto y misterioso, que deja ser tal cuando uno se abandona confiado al contenido de la fe.

En el día de muertos se observa, en consecuencia, un admirable ejemplo de inculturación, de simbiosis entre matrices culturales diversas y, al mismo tiempo, una diáfana manifestación de cómo la fe puede vivificar y transformar una cultura, que de lóbrega y tétrica, se transforma en jocosa y alegre. En efecto, la transmutación de la cultura Azteca que daba culto a la muerte al punto de divinizarla, haciendo gala de la sangre y el sacrificio humano, dándole así un marcado cariz macabro, ha sido sustituida por la celebración jocosa, que sin negarla ni eludirla, la acepta como paso necesario para alcanzar la vida plena y definitiva.

Ahora bien, esa connaturalidad con la muerte expresa también, de forma plástica y colorida, otro dogma religioso fuente de paz y consuelo: la comunión de los santos. En efecto, los lazos  de la sangre se enriquecen con otros más fuertes de naturaleza espiritual, los cuales rebasan el horizonte meramente físico, de forma que la comunión interpersonal puede llegar al más allá. No se trata, obviamente, de supersticiosas evocaciones de los muertos, las cuales están expresamente prohibidas por la Biblia, sino del hecho de que, como indica el mismo Jesús en el Evangelio “Dios es Dios de vivos, no de muertos”.  

Toda la parafernalia de la celebración expresa la convicción de que la vida se acaba pero los lazos no se rompen, pudiendo mantenerse en cambio una comunión misteriosa pero real de carácter espiritual, principalmente gracias a la oración. Esta llega a su clímax precisamente en la celebración de la Eucaristía, donde todos, vivos y difuntos, la Iglesia militante de la Tierra, la Purgante del Purgatorio y la Triunfante del Cielo se unen para adorar a Dios y en comunión de oración e intercesión. La muerte no es entonces temida, sino asumida desde una fe plenamente inculturada.

 

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