Ateísmo y religiosidad

Esta forma de vida resulta muy superficial y suele entrar en crisis al encontrarse con el dolor o la muerte.    

El panorama de la espiritualidad contemporánea es de lo más variopinto. Bien mirado arroja datos desconcertantes, pues las cosas no siempre son lo que aparentan. Tenemos un importante  y vivo trasiego religioso, a pesar de la aparente ausencia de Dios, que miradas superficiales quisieran decretar como punto de partida. ¿Quiénes integran este panorama?

Fundamentalistas. Se caracterizan por otorgar al fenómeno religioso la preponderancia en todos los aspectos de la existencia. No son capaces de concebir una legítima autonomía de las realidades terrenas. Todo se supedita al criterio religioso, que además, no precisa ser corroborado o validado por la dimensión racional del hombre; con frecuencia incluso recelan de la racionalidad, considerándola enemiga de la fe. Su forma más radical es el fundamentalismo islámico, capaz de asesinar inmisericordemente a quien sea, pensado que así se presta un servicio a Dios. También en el cristianismo existen fundamentalismos, que sin llegar a este extremo, promueven  actitudes irracionales o sectarias de conducta. La premisa fundamental de la vivencia religiosa es no pensar.

Religiosos. La religiosidad sana, bastante difundida en la actualidad, es capaz de percibir distintas facetas en la realidad, pues no es monolítica, tiene matices. Acepta la legítima autonomía de las realidades temporales, pero no las absolutiza por decreto, como hacen los ateos ideológicos. Así, mientras afirma la independencia de la esfera política, económica, científica y tecnológica respecto de la religiosa, descubre también que reducir la realidad a lo puramente material es empobrecerla, suprimiendo por decreto el rico filón de la espiritualidad humana. La religión viene a llenar este rubro que otorga un sentido nuevo y de plenitud a todos los otros aspectos; no compiten entre sí, se complementan. Como resultado  la persona religiosa posee un mapa más completo del mundo y una vivencia plena de sentido.

Ateísmo pacífico. Por mucho que le pese a los ateos el ateísmo es una forma de creencia, correlativa y dependiente de la religión, generalmente cristiana. Pero el ateo pacífico, que sencillamente piensa que no hay Dios porque no lo ve, y que estaría abierto a cambiar de postura si alguien le demostrara lo contrario, también hace un acto de fe, una elección moral. Nadie le puede demostrar la existencia de Dios, pero tampoco él puede demostrar su no existencia, de forma que sencillamente cree que Dios no existe. Es una forma imperfecta de fe, porque aun teniendo esta creencia negativa no busca difundirla a los demás, dejando que sigan su camino.

Ateísmo ideológico. Como el anterior cree que Dios no existe pues no lo puede demostrar, pero a diferencia del anterior, hace de esto su verdad fundamental y, en cierta forma, la razón de su vida. Expresa así una forma de religiosidad más perfecta, semejante al fundamentalismo; los extremos se tocan. Tiene un carácter fuertemente proselitista y, pese a las apariencias, poco racional, pues se empeña en afirmar, cuando es históricamente y metodológicamente falso, que el ateísmo es científico. Vive de mitos, el principal de ellos que la religión es enemiga de la ciencia y el ateísmo es científico. Si alguien les muestra racionalmente que no es así, al igual que el fundamentalista, se cerrará en sus creencias y no lo aceptará.

Antiteísmo. Muchos de los ateos mencionados en el párrafo anterior pueden encarnar el neologismo de “antiteísmo”. No es que “no crean en Dios”, es que “Dios es su enemigo”, “lo odian” y hacen de la campaña en su contra y de su desprestigio la razón de ser de su vida. Es curioso ser enemigo de “algo que no existe”, y hacer de tal negación la causa de tu vida. Paradójica e irónicamente este tipo de “ateos” hablan continuamente de Dios, todo lo relacionan con Él y le echan la culpa de todo a Él o a la religión. Tiene todos los visos de ser una patológica obsesión religiosa. El antiteísmo más frecuente es el “anticristianismo”, más aún, el “anticatolicismo”. Lo caracteriza el cerrar los ojos a la realidad, siendo incapaces de reconocer que la religión en general o el catolicismo en particular, hayan aportado nada bueno a la civilización y a la cultura. Como lo contrario es evidente, dan muestra de tener una religiosidad fanática invertida.

¿Cabe algún genuino ateo entonces o están condenados todas sus formas a ser epígonos de la religión? Sí existe un ateísmo real no religioso y bastante difundido: el práctico. Sólo él es genuino y auténtico, sólo él niega la religión sin asumir formas religiosas, sólo él es consecuente con sus principios: simplemente se limita a vivir como si Dios no existiera, sin plantearse ningún problema teórico ni preocuparse por lo que piensen los demás. Otra cosa es que dicha forma de vida resulte muy superficial y suele entrar en crisis al encontrarse con el dolor o la muerte.

 

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