La Iglesia en China

La inquietud por el futuro de la Iglesia es grande en China, y no nos queda sino acompañarlos en la oración y aprender de su testimonio el valor inconmensurable de nuestra fe.

No es habitual que una persecución religiosa se anuncie anticipadamente. Tristemente, desde hace meses,  al aprobarse el nuevo reglamento chino sobre actividades religiosas, los católicos chinos han podido agendar el 1 de febrero de 2018 -día en que entra en vigor-, como inicio de una nueva persecución religiosa. También tristemente la comunidad internacional asiste pasiva a tal evento. Los derechos humanos se pueden defender si quien los lesiona es débil, pero si es el gigante económico y militar de China resulta más práctico mirar a otra parte. Al resto de los católicos y personas que defienden los derechos humanos, la libertad religiosa, la libertad de expresión, la libertad de reunión y circulación, nos viene bien conocer someramente la difícil situación de los cristianos en China y, si tenemos fe, orar por ellos.

Desde la llegada del comunismo a China la religión ha sido duramente perseguida. Primero fueron expulsados todos los misioneros extranjeros y sometidos a duras vejaciones los cristianos chinos. Más tarde, bajo el consabido principio de “divide y vencerás” el partido comunista creó una Iglesia Nacional Patriótica, sometida y controlada por el estado, es decir, por no cristianos y no religiosos, por ateos practicantes. Se dio entonces una dolorosa división en la Iglesia China, al consagrarse obispos sin el mandato del Papa, los cuales estaban controlados por las autoridades comunistas.

Para entender esta situación, es preciso hacerse cargo de lo que perciben las autoridades chinas. Ellas conciben al cristianismo como un elemento extraño a su cultura. Interpretan la religión en clave política, y al tener un gobierno localizado en Roma, consideran que la presencia de católicos en China constituye una abusiva intromisión de poderes extranjeros en la vida del país. Por ello, los obispos consagrados bajo presiones del estado, no son fieles al Papa sino al Partido. Esa confusión surge, entre otras cosas, por no comprender la separación de los órdenes religioso y político, propia del cristianismo, ni entender el fin sobrenatural y no político de la Iglesia.

El cristianismo fue duramente perseguido, sobre todo durante la Revolución Cultural de Mao. Sin embargo, en los años 80 del siglo XX, con Deng Xiaoping se suavizó la persecución. Sin embargo, para ese momento había ya, simplificando las cosas, tres iglesias en China. La Iglesia de las catacumbas, formada por obispos encarcelados o consagrados clandestinamente para asegurar la asistencia espiritual a los católicos escondidos. La Iglesia nacional, conformada por los obispos consagrados sin el mandato de Roma. Pero de entre estos, había dos modalidades: Aquellos que después de recibir la consagración buscaban sinceramente el reconocimiento de su ministerio por parte de la Santa Sede, profesando su fidelidad a Pedro y su comunión con los demás obispos, explicando que habían accedido al episcopado por presiones políticas y el bien de las almas, y aquellos que no habían manifestado ningún interés en restablecer la comunión con Roma.

Estando así las cosas, el 27 de mayo de 2007 el Papa Benedicto XVI escribió una conmovedora carta a la Iglesia China, y estableció el 24 de mayo de cada año, como día de petición por la Iglesia China. En ella fomentaba la esperanza en los católicos chinos, haciendo un difícil llamamiento a la unidad entre las dos Iglesias. Hacía notar que la Santa Sede había aceptado las peticiones de los obispos nacionales en ser reconocidos, no aceptando en cambio al Colegio de los Obispos Católicos en China en su conjunto, por estar controlados por el gobierno, y recordando que quienes no habían solicitado el reconocimiento, continuaban siendo cismáticos.

Ahora la situación se ha recrudecido. El gobierno de Xi Jinping propugna por un control mayor de la presencia cristiana, ya no por perseguir la religión en general, pues ahora es más tolerante con las tradicionales de China, como el Confucianismo y el Taoísmo, sino por considerar al cristianismo una intromisión occidental en la vida del país. No se tolerará más a los católicos clandestinos, se prohíbe la enseñanza de la religión en los colegios y cualquier actividad evangelizadora, se controla la comunicación con instituciones religiosas de exterior, etc. A ello se une la destrucción selectiva de iglesias y el mandato de que todos los políticos chinos deben hacer una profesión de ateísmo para acceder al cargo. La inquietud por el futuro de la Iglesia es grande en China, y no nos queda sino acompañarlos en la oración y aprender de su testimonio el valor inconmensurable de nuestra fe.

 

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