“Alegraos y regocijaos” (5) ¿Pelagiano yo?

Hoy en día algunos piensan que pueden prescindir de Dios para salvarse, piensan que porque “no matan, ni roban” ya se merecen el Cielo. Pero se olvidan que es gracias a Jesucristo que el Cielo se ha abierto para el hombre.

1) Para saber

Hablar de santidad es hablar de algo sobrenatural, de algo que está muy por encima de nuestra naturaleza, de nuestro modo de ser. La santidad es algo divino, le corresponde propiamente a Dios. No obstante, como el Papa Francisco nos lo recuerda en su último documento, “Alegraos y regocijaos”, Dios nos creó para alcanzarla. Cabría preguntarse, ¿cómo Dios me pide algo que no puedo alcanzar por mí mismo? Sucede que Dios nos pide la santidad, porque Él mismo está deseoso de otorgárnosla. Dios en su gran misericordia quiere dar la santidad a todos los hombres. Pero ha de quedar claro que es Dios quien la otorga. El hombre, por sus propias obras, aunque sean muy buenas, no puede obtenerla sin Dios.

Por ello, un peligro hacia la santidad consiste en creer que uno mismo, sólo por sus obras, puede santificarse. Es un error que sostenía un pensador llamado Pelagio, y por eso a esa postura se le llama “pelagianismo”, o quienes eran más moderados, pero seguían en el mismo error, “semipelagianos”.

El papa Francisco nos previene contra este error que sigue estando presente, olvidándonos que todo depende, no del querer, sino de la misericordia de Dios (Cfr. Rom. 9, 16). En el fondo, falta la humildad para reconocer nuestros límites, concluye el Papa.

2) Para pensar

Los santos nos enseñan cómo todo lo dejaban a Dios, incluso su propia santidad. Esperaban llegar a la santidad, no porque confiaran en sus propias fuerzas, sino en la misericordia infinita de Dios.

Santa Teresita del Niño Jesús, expresaba así su confianza: “¡Aunque tuviera sobre mi conciencia todos los crímenes que se pueden hacer, no perdería un ápice de mi confianza! Iría, con el corazón quebrado de arrepentimiento, a echarme en los brazos de mi Salvador. Sé que ama con ternura al hijo pródigo, he oído sus palabras a Magdalena, a la mujer adúltera, a la Samaritana. No, nadie podría asustarme, pues sé a qué atenerme acerca de su amor y de su misericordia. Sé que toda es multitud de ofensas me abismaría en un abrir y cerrar de ojos, como una gota echada en un brasero ardiente”.

Pensemos qué tan consciente somos de lo que Jesús ha hecho por nosotros y si se lo sabemos agradecer.

3) Para vivir

Hoy en día algunos piensan que pueden prescindir de Dios para salvarse, piensan que porque “no matan, ni roban” ya se merecen el Cielo. Pero se olvidan que es gracias a Jesucristo que el Cielo se ha abierto para el hombre. Que toda salvación no puede dejar de lado a Jesús. Incluso se ignora que “si no mato ni robo”, se lo debo también a Dios, que con su ayuda logro no hacer el mal.

El Papa nos recuerda que el II Sínodo de Orange afirmó “que nada humano puede exigir, merecer o comprar el don de la gracia divina”. ¿Entonces el hombre no debe hacer nada? Sí puede. Ha de cooperar con la gracia para el propio crecimiento espiritual.

Cuando no se tiene en cuenta el papel de Jesús en la salvación, fácilmente se cae en una autocomplacencia egoísta privada del verdadero amor. Se manifiesta en vivir obsesionado por la ley, vanagloriarse de los propios triunfos, e incluso un cuidado excesivo de los aspectos litúrgicos. Por cuidar estos aspectos, se olvidan de lo principal: vivir el mandamiento del amor.

 

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